Qué se celebra cuando celebramos la Navidad

Desde tiempos inmemorables y en casi todas las culturas, la celebración del solsticio de invierno en torno al 21 de Diciembre en el hemisferio norte ha sido muy importante pues representa la época de renacimiento de la luz, que se identifica en nuestro mundo occidental con la Navidad, en torno a la fecha acordada del nacimiento de Jesús  para hacerla coincidir con el 25 de Diciembre y con las celebraciones vinculadas al solsticio de invierno, con el fin de cristianizar las fiestas paganas tan arraigadas en la cultura popular.

EL SOLSTICIO DE INVIERNO Y LA NAVIDAD. LEYENDAS, MITOS Y TRADICIONES EN TORNO AL NACIMIENTO DEL DIOS SOLAR.

Todos los pueblos antiguos celebraban el nacimiento del astro rey en el solsticio invernal, como el momento del triunfo del sol sobre las tinieblas. La luz marcaba el movimiento de la vida, una vida que estaba íntimamente relacionada con los RITMOS Y ciclos de la naturaleza, y que se organizaba en función de los periodos de luz y de oscuridad. Por eso, se celebraba el resurgir de la luz, con luz, con la luz de las hogueras que también tenían la función de provocar el calor y la llamada de un nuevo resurgir luminoso.  

Este momento se ha festejado como uno de los acontecimientos cósmicos por excelencia. No es ninguna casualidad, por tanto, que el nacimiento de los principales dioses de las más importantes religiones solares fuese situado durante este período temporal.

En los mitos solares de todas las culturas antiguas, ocupa un lugar central la presencia de un dios jovenque cada año muere y resucita, encarnando en sí los ciclos de la vida de la Naturaleza. Durante el solsticio de invierno, la imagen del dios egipcio Horus era sacada del santuario para ser expuesta a la adoración pública de las masas. Se le representaba como un niño recién nacido, recostado en un pesebre, con cabello dorado, con un dedo en la boca y el disco solar sobre su cabeza.

Mitra, uno de los principales dioses de la religión hindú, objeto de un culto aparecido unos mil años antes de Cristo, cargaba con los pecados y expiaba las iniquidades de la humanidad, era una especie de Mesías que, según sus seguidores, debía volver al mundo como juez de los hombres. Era un dios que había nacido de madre virgen, en el solsticio de invierno, en una gruta o cueva, que fue adorado por pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto y resucitó al tercer día.

Allende los mares, y coincidiendo por estas mismas fechas, los incas celebraban una gran fiesta dedicada al sol todopoderoso que abarcaba y daba nombre al primero de los meses de su propio calendario inca.

Los germanos y escandinavos también celebraban por estas fechas el nacimiento de Frey, dios nórdico del sol naciente, la lluvia y la fertilidad. Griegos y romanos festejaban alrededor del solsticio invernal, con los cultos populares en torno a sus dioses solares, con grandes banquetes.

La Navidad y el baile de fechas en torno a un nacimiento

Este tiempo es celebrado en nuestra cultura occidental como el tiempo de la Navidad, palabra que procede del latín Nativitas, que significa Nacimiento, nacimiento de la luz, para el resto de culturas pagánicas, o nacimiento de Jesucristo, para el cristianismo. Pero el asunto de las fechas no siempre estuvo claro: la fecha exacta del nacimiento de Jesús de Nazareth no se encuentra registrada en la Biblia, ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento.

De hecho, los primeros cristianos consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido.

Cuando comenzó el deseo de celebrar el nacimiento de Jesús de una forma clara y diferenciada, sobre todo para contrarrestar el poder de las fiestas paganas con la instauración de celebraciones cristianas, los teólogos estuvieron mareando la perdiz durante mucho tiempo, sin lograr ponerse de acuerdo, en un galimatías de fechas que incluso hizo perder la paciencia al papa Fabian a mediados del siglo II, quien decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del nazareno.

Pero los debates no terminaron: Todo apuntaba a que parecía demasiado improbable que se hubiera producido este divino acontecimiento a finales de diciembre, si se atendía a lo dicho por Lucas en su Evangelio de que los pastores a los que se les apareció el ángel con la buena nueva, se encontraban pernoctando al raso cuidando a sus ovejas. Si los pastores dormían al raso, cuidando de sus rebaños, para que ese relato de Lucas fuese cierto o coherente, debía de referirse a una noche de primavera, o de otoño, ya que, a finales de diciembre, en la zona de Belén, el excesivo frío y las lluvias invernales impiden cualquier posibilidad de pernoctar al raso con el ganado. Forzando la escena relatada por Lucas hasta el límite, otras Iglesias cristianas -ajenas a la católica como la armenia- fijaron la conmemoración de la Natividad en el día 6 de enero, otras como la egipcia, la griega o la etíope, lo fijaron el 8 de enero, ya que, según su deducción, el relato de Lucas sí puede ser creíble, si se sitúa el nacimiento de Jesús un poco más tarde, en enero y en el Oriente Medio. Un tiempo y un lugar donde es muy probable la existencia de cielos nocturnos claros y sin borrascas, aunque todavía con mucho frío.

El baile de fechas continuó hasta el siglo cuarto, en el que, durante el pontificado del Papa Liberio, se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de diciembre, fecha en la que los romanos celebraban el Natalus Solis Invicti, el `nacimiento del Sol Invencible`, asociada al nacimiento del dios Apolo, un culto pagano muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer y que había que contrarrestar para hacer prevalecer la influencia cristiana. La fecha del 25 de diciembre fue fijada por el orbe católico como algo inamovible, aunque no fue aceptada por la Iglesia oriental que, aún hoy día, sigue celebrando 6 de enero el Nacimiento de Jesús, sin embargo, unos y otros van a mantener el mismo carácter simbólico de la celebración, como el renacer de la esperanza y de la luz en el mundo.

La Navidad y el origen de las tradiciones navideñas


Por cercanía cultural, quizá la influencia de los pueblos celtas es la que más ha marcado algunas de nuestras tradiciones navideñas actuales, a las que vamos a dar un pequeño repaso.

El tiempo del Solsticio de Invierno se celebraba para los celtas, también para las tribus nórdicas y para todo el paganismo germánico con la fiesta de Yule, término cuyas raíces arcaicas indoeuropeas tienen que ver con el renacimiento del dios solar, una vez más, después de su muerte simbólica ocurrida el 1 de noviembre y celebrada con la festividad de Samhain. A este periodo, que va desde la madrugada de ese 1 de noviembre o Samhain, en el que se celebra el nuevo año druídico, hasta el 21 de diciembre o Yule, se la llamaba la estación oscura.

De la mano de la concepción celta del universo donde todo está en constante nacimiento, en una rueda constante e infinita de muerte y reencarnación, Yule es por tanto el término de uno de estos ciclos y el inicio de otro con el nacimiento lento y progresivo de la luz, -de nuevo se trata de dioses solares- que viene precedido de la muerte en la estación oscura donde casi todas las plantas parecen muertas y los animales hibernan.
En esta época las celebraciones simbólicas están relacionadas con el fuego, como catalizador, en las hogueras, con la recreación de la luz y el calor del sol que se está convocando y recibiendo, y celebrándose en rituales de amor, paz y felicidad específicos de esta época.

La costumbre del árbol adornado e iluminado

Los celtas en esta época acostumbraban adornar los árboles con guirnaldas y lazos como símbolo de esperanza para los árboles, pues la mayoría de ellos no tenían hojas ni flores por el invierno, y de ahí nace la tradición de adornar un abeto con luces y guirnaldas (tradición actual que sería repudiada por los celtas ya que hoy en día esto supone muchas veces cortar o mutilar un árbol que para ellos eran sagrados).

Sin embargo, la iluminación del árbol, con la simbología del nacimiento de la luz, quizá tenga más que ver con otro de los rituales celtas que han llegado a nuestros días, me refiero a la quema ritual del tronco de Yule.

El tronco de Yule era un leño comúnmente de pino, roble o sauce, cortado en el anterior Yule y especialmente seleccionado por el druida, quien se comunicaba con los árboles para pedirles permiso y saber cuál sería el más adecuado.  Una vez elegido, sobre él se tallaban símbolos sagrados referentes al renacimiento, figuras masculinas y el sol y se transportaba hasta el hogar familiar para hacerlo arder durante las celebraciones del Solsticio. Sus cenizas protegían la casa y proporcionaban suerte y abundancia, pero para ello debería arder al menos toda la larga noche del Solsticio, al menos durante doce horas ininterrumpidas y sin apagarse, por ello ponían sobre él ofrendas y libaciones de vino para que de este modo su combustión fuese más lenta.

La costumbre del árbol con regalos

Probablemente de esta tradición ancestral del tronco de Yule, ha llegado a nuestros días la costumbre de iluminar un árbol, y de adornarle. Y si ese árbol se trata de un abeto, de nuevo estamos reproduciendo otro de los símbolos típicamente navideños, que sustituye en la mitología nórdica al fresno Yggdrasil, que destaca con sus hojas verdes perennes sobre los demás árboles desnudos de hoja caduca, símbolo de la vida que perdura, y símbolo, por su forma triangular , de la luz que se expande con esta forma, que empezó a usarse como árbol de Navidad a partir del siglo XVI en Europa. El que se llene de regalos y adornos guarda relación con los dones que provienen del cosmos en este tiempo y su energía fecundante. En el origen de esta tradición estaría un tronco hueco lleno de regalos, que era propio de una costumbre los pueblos escandinavos.

La costumbre de los grandes banquetes y comidas pantagruélicas

Las comidas copiosas y más abundantes de lo habitual, tienen su origen en una festividad romana. Por esta fecha, se celebraban las Saturnalias (fiestas dedicadas a Saturno, padre de los dioses olímpicos y dios protector de la Naturaleza) duraba una semana e incluía el solsticio de invierno. Había grandes festejos y banquetes; cesaba toda actividad pública (en tribunales, escuelas, comercios, operaciones militares, etc.) y no se permitía ejercer ningún arte ni oficio, salvo el de la cocina; los ricos convidaban a sus mesas, bien surtidas, a los pobres que llamaban a sus puertas y se imponía el hacerse regalos unos a otros. Era una forma de conmemorar el tiempo de Cronos, o de la antigua humanidad en el paraíso donde había hermandad y comida para todos.

No hemos inventado nada. Somos un hilo de la gran madeja del mundo.