Cerraja y no, no soy diente de león

Las cerrajas son unas plantas silvestres de lo más ignoradas, incomprendidas y confundidas, ya que sus flores son muy parecidas a las de sus familiares, los dientes de león, las lechugas silvestres o incluso las escorzoneras. Ciertamente, unas y otras son de gran parecido, incluso, cuando lanzan al viento sus pelusillas blancas aladas, o por el látex que segregan.

Si activamos nuestra atención, veremos rápidamente que la la cerraja suele tener 2, 3, 4 o incluso 5 flores pero el diente de león sólo tiene una flor en cada tallo floral, que parte de una roseta basal solamente, es decir, que sus hojas crecen solamente pegadas al suelo. Las flores de diente de león son más grandes normalmente y tienen unas brácteas muy características que sobresalen, como si fuesen «dientes».

Además, se diferencian por el tallo, que en el caso de las cerrajas es alto y hueco, -de hecho su nombre científico así lo indica: Sonchus, deriva del griego Sonkhos que significa hueco-, de color verde pálido con tonos rojizos o violáceos en muchas ocasiones, con una eventual roseta basal y hojas, llamativas por su dentado, a veces con espinas, que abrazan y van envolviendo el camino ascendente del propio tallo.

Esta planta silvestre es una de las buenas «malas hierbas», ya que se ha consumido tradicionalmente por el ancho mundo y desde lejanas culturas, tanto como verdura, desde las mesas romanas a las egipcias y chinas, como sustitutivo de las hojas de coca y paliativo del mal de altura, en el desierto de Atacama, para curar la adicción del opio, como chicle por los maoríes, en el relleno de raviolis de Liguria, o con espaguetis en el sur de Italia.

Antiguamente se bebía su zumo para dar salud, fuerza y combatir muchos trastornos. Incluso aplicada exteriormente en forma de cataplasma ha servido para curar hinchazones producidas por golpes, heridas o llagas. Aunque tiene una larga lista de usos medicinales, ya que ayuda en la cura de gota, hemorroides, catarros, gripes, ardores de estómago, verrugas…

Pero no sólo nos gusta a los humanos, sino que les encanta a pulgones y ácaros, cuya presencia a su vez atrae a las mariquitas y otra fauna que acudirán a acabar con esas plagas de nuestras huertas y jardines. Así que sería bueno que reprimiéramos nuestras ansías exterminadoras de las humildes y beneficiosas cerrajas, y empecemos a mirarlas con otros ojos.

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