Te presentamos un tratamiento purificante y reparador de la piel, a partir de la combinación de Sales del Mar Muerto y una Mascarilla de arcilla, blanca o verde, según tu tipo de piel. 
 
Las sales del Mar Muerto te permiten exfoliar la piel antes de aplicarte la mascarilla. Contienen decenas de minerales distintos que estabilizan el contenido de humedad de la piel, entre los que se encuentran el magnesio, calcio, bromo y potasio y algunos de ellos no se encuentran en ningún otro mar del planeta. Los minerales del Mar Muerto suavizan, rejuvenecen y reparan la piel dañada, mejoran el estado de ánimo y tienen un poder relajante. La piel luce mas joven, más fresca, relajada y radiante. 
La arcilla es uno de los remedios naturales más antiguos que se conocen: previene, cura, descongestiona, alivia, desinflama, tonifica, calma, cicatriza, purifica, mineraliza, absorbe y desinfecta además de revitalizar. Estimula las funciones de la piel y tiene efectos refrescantes, relajantes y sedantes. 
La mascarilla de arcilla tiene un efecto exfoliante y purificante y sirve para tener una piel más tersa, limpia, suave y estirada.
 
Cuando preparemos la mascarilla de arcilla, nunca debemos usar ningún utensilio de metal, ni material que sea sintético, ya que disminuiría su eficacia. Podemos utilizar un recipiente de madera, cristal, porcelana ó barro. No se aplica sobre el contorno de los ojos ni en los labios. El agua en la que mezclaremos la arcilla debiera ser libre de cloro y a poder ser desmineralizada, y si queremos acentuar aún mas sus propiedades podemos mezclar la arcilla con una infusión de té verde (suaviza la piel, ayuda a eliminar toxinas y tiene efectos bactericidas y cicatrizantes) ó con algunas gotitas de aceites vegetales ó bien aceites esenciales como por ejemplo del árbol de té (como tratamiento para el acné, si nuestra piel tiene tendencia acnéica). Las arcillas en combinación con hierbas ó aromaterapia hacen una combinación excelente.
 
La arcilla verde limpia la piel en profundidad, por su efecto antibacteriano y gran purificante, aporta a nuestra piel una sensación de frescor y elasticidad. Es especial para pieles grasas ó mixtas por ese efecto purificante y su gran capacidad de absorción, regulando el exceso de grasa en la piel. Se puede utilizar para tratar poros abiertos, eliminar los puntos negros o en pieles con tendencia acnéica.
La arcilla blanca o caolín está compuesta principalmente por aluminio y silicio. Destaca su acción antiinflamatoria, desintoxicante,  antibacteriana y cicatrizante. Es recomendable para pieles normales ó secas, una aliada perfecta para ayudar a la regeneración celular, para eliminar impurezas en nuestra piel, y también ayuda  a aclarar las manchas en la piel. Aporta a la piel un efecto tensor y de luminosidad, dejando una piel suave y lisa ya que absorbe las células muertas y elimina las toxinas, por su gran poder astringente.
 
La arcilla se ha usado desde el principio de la humanidad. Lo antiguos egipcios las conocían. No por casualidad utilizaban la arcilla en sus embalsamientos, aparte de utilizarla contra las inflamaciones, y de aplicar los fangos calientes del Nilo para tratar deformaciones reumáticas. 
Los chinos las usaban en forma de cataplasmas para aliviar las inflamaciones, así como los indígenas latinoamericanos quienes las han utilizado para tratar las afecciones reumáticas.

 

Los griegos también le dieron importancia a las arcillas. Empédocles, Hipócrates o Galeno las recomendaban regularmente para diversos tratamientos. En Roma, Plinio el Viejo (23-79 d.C.) se refiere a sus virtudes en el texto “La historia natural”. El ejército del emperador Nerón (37-68 d.C.) también era partidario de usar barro como remedio, y lo utilizaban en forma de cicatrizante en ampollas, quemaduras e incluso contra mordeduras de serpientes venenosas. Su médico principal Dioscórides era quien fomentaba su utilización.

 

Asimismo, en Persia conocían los usos medicinales y terapeúticos de la arcilla. Uno de sus grandes impulsores fue Avicena (980-1037 d.C.), el conocido médico que legó sus monumentales conocimientos a la medicina grecolatina y gracias a quien ésta pudo desarrollarse tanto.
Siglos más tarde, el gran alquimista Paracelso (1493-1541) mostró -en varios de sus tratados de medicina natural- interés por este material, guardián del secreto de la vida, y anotó muchos de sus increíbles beneficios.
De igual forma, en el siglo XIX, el abat Sebastián Kneip retoma la arcilla como material terapéutico para curar la fiebre aftosa en caballos. A partir de ahí, continuó empleándola también para sanar humanos. Sus prácticas encontraron fieles seguidores como Luis Khüne y Adolfo Just, en Alemania o Dextreit, en Francia; todos fueron víctimas de persecuciones y desprestigios.
Ya a principios del siglo XX, Julious Stumpf en Alemania y el Mahatma Gandhi (1869 – 1948) en la India -por ejemplo- también insistieron en los prodigios del barro y la arcilla.