En las tribus nativas americanas, los días comenzaban con un mensaje de gratitud, así como sus ceremonias importantes, sus celebraciones. Se les da las gracias a cada elemento de la creación por cumplir con el deber que el creador les ha encomendado, con su responsabilidad hacia el resto. Día a día es un recordatorio, con lo que se refuerza el vínculo de respeto y admiración con la creación y de pertenencia a una comunidad.
Ese mensaje lo llamaban “las palabras que van antes que todo lo demás”: es la declaración de un orden de prioridad ancestral que sitúa en lo más alto del escalafón el agradecimiento hacia todo lo que comparte sus dones con el mundo.
La ceremonia del amanecer, llamada así en muchos pueblos nativos de todo el mundo, no es una oración, es mucho más que un juramento, es una invocación de la deuda que se tiene con el mundo, reconocen todo lo que les ha entregado y se le ofrece su sincero agradecimiento. Y un inventario material y científico de la naturaleza.
Parte de la fuerza del mensaje es su extensión, es largo el tiempo que hace falta para dar las gracias y saludar a tantos elementos. Requiere esfuerzo, en una sociedad acostumbrada a las prisas, la fragmentación, la gratificación inmediata, la falta de reflexión.
Traducida a más de 40 idiomas, extendida por todo el mundo, se repite hoy en día en reuniones con empresarios, abogados, etc. Y algunos se muestran inquietos, deseando que se termine -«Pobrecitos, –piensa Robin– ya siento que tengamos tanto por lo que estar agradecidos»-.
Imagina educarnos y educar a nuestros niños en una cultura cuya prioridad es la gratitud.
Uno no puede escuchar el mensaje de gratitud sin sentirse inmensamente rico. Estas muestras de agradecimiento parecen algo inocente, en realidad en una sociedad consumista, estar satisfecho con lo que se tiene es revolucionario.
Reconocer la propia abundancia en lugar de la escasez, mina los principios de una economía que se sostiene y crece gracias a mantener a la gente en una permanente y creciente ansiedad por sentimiento de carencia.
La gratitud cultiva una ética de la plenitud, nos recuerda que ya tenemos todo cuanto necesitamos, no provoca la necesidad de adquirir más y más cosas para sentirnos realizados o felices.
Es un recordatorio de que el ser humano no está a cargo del mundo, no es el dueño del mundo, sino que se encuentra sujeto a las mismas fuerzas que el resto de las formas de vida.
Es un mensaje políticamente revolucionario: supera la política, las fronteras, nos unifica entre nosotros y con el mundo natural y todo lo creado, que no puede comprarse ni venderse.
Imagina que todas las reuniones políticas comenzaran por este mensaje de gratitud, que se ocuparan de reconocer y respetar todo lo que nos une, antes de luchar por lo que nos separa.
Estas palabras inocentes son un modelo educativo. Un documento político. Un contrato social. Un código ético.
El mensaje de gratitud nos recuerda que los dones y los deberes son las dos caras de una misma moneda. Tienes un don-tienes un deber-y van unidos a la responsabilidad.
*texto inspirado y extraído en el libro de Robin Wall Kimmerer: «Una trenza de hierba sagrada«