TE QUIERO…VERDE

Los griegos manejaban cuatro términos para definir a esto que en castellano hemos unificado bajo el término global de “amor”:

  • Philia para referirse al amor fraterno, amistad, afecto, solidaridad, hermandad, motor para el bien común, de los compañeros en lucha que cooperan por una causa común, el amor por el prójimo. Derivado de este concepto de philia o amistad, se encuentra el vocablo philautía que significa el amor propio, concepto que superando el sentido utilitario o egoísta atribuido por algunos, madura y se asienta con el estoicismo antiguo, implicando la reconciliación y aceptación con lo que uno es, dejando de lado la autoconmiseración y el victimismo;
  • Eros para el amor sexual, intenso, carnal o amor romántico, generalmente efímero, el de la idealización, la pasión, el impulso del deseo,
  • Agape para la expresión más profunda del amor, el de la pureza, la incondicionalidad, la devoción, el amor espiritual, el universal, el referido tanto a una deidad como a la naturaleza o a la humanidad completa, el amor incondicional y
  • Storgé para el amor fraternal, duradero, que implica compromiso, que se cultiva a lo largo del tiempo, con un sentimiento protector y de lealtad.

Aunque los griegos sentían una fascinación por los elementos naturales, sus interacciones y asociaciones, y aunque estudiaron e interpretaron hasta la saciedad los cuatro elementos constituyentes de la vida: agua, fuero, aire y tierra, no he encontrado un término griego para designar al amor por la naturaleza, si bien algunos lo incluyen en el término Ágape.

«Hay cuatro elementos, fuego, agua, tierra y aire. La amistad los une y el odio los separa» (VIII, 76).

Empédocles de Agrigento, un filósofo griego del siglo V a.C.

Quizás nos pudiera servir para ello, el término más reciente de Biofilia, acuñado a partir de dos vocablos griegos, que se le atribuye al psicólogo germano Erich Fromm, quien lo utilizó en su libro publicado el año 1964 (El corazón del hombre), definiéndola como “la pasión por todo lo viviente, una pasión que no un producto lógico, que no está en el “yo” sino que es parte de la personalidad”.

Algo más tarde, el concepto se desarrolló por el biólogo Edward O. Wilson, biólogo estadounidense, profesor emérito de la Universidad de Harvard, al que se le atribuye también la palabra Biodiversidad, y que defiende que la estrecha relación del Homo Sapiens con su entorno, a lo largo de millones de años, marca para la especie humana una necesidad y un vínculo que le es propio.

La biofilia se definiría entonces como esa afinidad del ser humano, de origen innato, por la vida en sí misma y todos los seres vivos, figurando ese amor por la naturaleza y esa necesidad de estar en contacto con ella como una de sus necesidades primarias para sentirse sanos y lograr el bienestar físico y mental, más íntimo y completo.

Wilson afirmó que el ser humano ha logrado vivir y sobrevivir a lo largo de toda su historia estando en contacto con la naturaleza, ya que hace muy poco que vive en ciudades.

Y ya que estamos en una página -vida, misión y vocación-de plantas, os confesamos nuestro amor infinito e incondicional por lo verde, por la vida, por la naturaleza.

Frente a esta marea de corazones y simbolitos rojos que nos inundan por la festividad de San Valentín, nosotros hoy queremos celebrar el amor en verde, el amor por lo verde, que en el fondo no contiene otra cosa más que un infinito amor por el ser humano y su bienestar más íntimo y profundo, que no se consigue de otra manera más que en contacto con la vida, con lo natural, con lo verde.

Y además, el color verde es complementario, en la gama cromática, del rojo. Rojo y verde son complementarios, uno junto a otro se iluminan, uno y otro pertenecen a un mismo ente universal, y su identidad complementaria se me antoja relacionada con el color de la sangre, de la sangre humana y la sangre vegetal, tan aparentemente diferentes pero tan iguales, tan complementarias, tan necesarias la una de la otra, bueno, mejor dicho, tan necesaria la roja, de la verde, porque la verde nos necesita a «los rojos» muy poquito.

La estructura química de la clorofila es muy similar a la de la hemoglobina. Ambas sustancias son casi idénticas. La diferencia entre ambas es que en el centro de la clorofila hay una molécula de magnesio (Mg) y en el centro de la hemoglobina se encuentra una molécula de hierro (Fe).

La presencia de magnesio causa el color verde de la clorofila, esencial en la fotosíntesis, ya que permite que las plantas absorban energía de la luz, y gracias a esta energía, las plantas convierten materia inorgánica en materia orgánica.

La hemoglobina es un complejo de proteínas que contiene hierro que se une al oxígeno en los glóbulos rojos de los vertebrados y les da su color rojo («el pigmento de la sangre»).

La hemoglobina transporta el oxígeno de los pulmones, su alimento nutricio, hasta todas las células.

Nuestro cuerpo transforma la clorofila (fría, verde y yin) en hemoglobina (caliente, roja y yang). Por ello, si comemos alimentos ricos en clorofila, ayudamos a nuestro cuerpo en la producción de hemoglobina. Lo verde alimenta lo rojo.

La clorofila también ayuda a eliminar metales pesados y toxinas ambientales, como pesticidas o las aflatoxinas (toxinas del moho). Además, las hojas verdes son una fuente rica de vitamina C y de fibras. Lo verde limpia y nutre lo rojo.

Somos verde y somos rojo.

En resumen, cuanto más saludable sea nuestra sangre, más sanos seremos nosotros.

El impacto que los alimentos verdes tienen en la calidad y pureza de nuestra sangre es muy alto.

Y pasear por entre lo verde, nos genera un bienestar medido y cuantificado, cuando nos damos un baño de bosque, lo que los japoneses denominaron «Shinrin Yoku» y que practicamos siempre que podemos (que os hemos contado en este enlace largo y tendido: https://azufactorianatural.com/2020/06/28/caminar-entre-arboles-banos-de-bosque/)

Por si esto fuera poco milagroso, poco impactante y poco importante, hoy que todo lo inundan los corazones rojos, nosotros queremos honrar y celebrar el corazón verde.

El corazón, que para la fisiología energética, la medicina tradicional china y las culturas orientales, es el órgano supremo, la sede del alma, las emociones y la fuente de la conciencia.

¿A dónde apuntas si no es al corazón, cuando te refieres a tu identidad, a ti misma, a tu yo profundo, a tu persona, apuntas al cerebro o apuntas al corazón?

En la Medicina Tradicional China, al corazón se le llama el emperador, el maestro absoluto de todos los órganos, asiento de la inteligencia y la intuición. Es el que impulsa y alimenta la sangre y alberga al espíritu.

Según la filosofía hindú, en el corazón mora el alma, pero nuestra cultura tampoco está tan lejos de esta creencia, cuando afirmamos “tener una corazonada” para señalar que es a través de nuestro corazón que nos habla nuestra voz interior y nuestra alma.

Y qué mágica coincidencia encontrar que en la aromaterapia energética, que se nutre de la medicina india ayurvédica para relacionar chacras y cuerpos sutiles con el sentido del olfato y los aceites esenciales, se vincula al chacra del corazón con el color verde, símbolo de la fuerza regeneradora, color de la naturaleza y de la integración de todas las leyes de la vida, color que atrae la paz interior, la estabilidad y la relatividad.

El chacra del corazón, con la fuerza del color verde, símbolo del amor universal.

Ahí es nada.

Feliz día del amor…verde.

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