Jardinería filosófica

“El significado profundo de plantar es la modestia, o lo que es lo mismo, la gratitud. Hay que vestirse de mendigo para trabajar la tierra. 

Cultivar requiere grandes dosis de paciencia, perseverancia, gratitud, serenidad y humildad.

La palabra “humildad” viene de la voz latina “humilitas” de la raíz “humus”, que significa tierra fértil. Por tanto, etimológicamente hablando, una persona humilde es una persona pegada a la tierra.

Quien haya cuidado un jardín, ha aprendido a respetar los ritmos de la naturaleza, obedecer los ciclos de las estaciones, aceptar que hay un momento para podar, otro para abonar, uno para sembrar, otro para recoger.

Cuidar de un trozo de tierra es ya de por sí una forma de cuidarse. El contacto con la naturaleza alivia el ánimo desasosegado, recompone el maltrecho corazón y repone la vitalidad perdida.

Nada se opone más a la impaciencia consumista, que cuidar de un huerto o jardín. El sencillo gesto de plantar se torna liberador, casi subversivo, a causa de su simplicidad, en un mundo abrumado por el estrés y asediado por la insatisfacción.

Uno no nace, sino que se hace jardinero, adoptando una forma respetuosa, moral y responsable, de tratar con la naturaleza y estar en el mundo.

Un buen jardinero es paciente; no le falta iniciativa para cambiar el mundo, sino que sabe soportar la espera sin perder su capacidad de sorpresa. Plantar es un acto de fe.

No hay mejor abono que la perseverancia.

El jardín tiene vocación contemplativa y meditativa, aporta serenidad.

Trabajar la tierra ayuda a suspender el pensamiento, vaciar la mente, concentrarse en el instante presente, sin la ansiosa espera de bienes o males futuros. Permite acallar el ego y purificar la mirada.

Salir al jardín invita a entrar en uno mismo.

Más que disciplinar la naturaleza, la jardinería disciplina nuestro espíritu, lo fortalece y pule.

Todos los seres crecen agitadamente, pero luego cada uno vuelve a su raíz (Lao-Tsé, Tao te King)

Volver a su raíz es hallar el reposo.

Colaborar con el crecimiento de las plantas ayuda a nuestro propio crecimiento, a nuestra renovación interior. Nos brinda la ocasión de desensimismarnos, de practicar la contemplación activa y de encontrar en nosotros mismos, la calma y la quietud.

Trabajar la tierra supone ponerse en contacto con las fuerzas vivas de la existencia que lo trascienden a uno: el ritmo del crecimiento de las plantas, las variaciones del clima, el ciclo de las estaciones.

La jardinería conduce a una forma de realización personal tal vez menos sofisticada que otras pero seguramente más auténtica. Podría decirse incluso que se trata de una terapia filosófica.

Dentro de nosotros hay un jardinero oculto que cultiva con esmero un jardín invisible, cuya fragancia flota en nuestras palabras y actos.

Fragmentos entresacados del libro de Santiago Beruete “Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos” Turner Publicaciones, 2018