La manzanilla y la memoria olfativa

El aroma de la manzanilla está indudablemente asociado a la memoria olfativa de mis primeros recuerdos de infancia, cuando de niños subíamos de excursión a la Cueva del Juyo, un Paraje Natural (en Igollo de Camargo, Cantabria) que en la actualidad se encuentra delimitado, protegido y cuidado, gracias a la iniciativa de la Fundación Naturaleza y Hombre y las administraciones locales.
El Juyo significa Hoyo, y así es como se puede describir: el paraje se trata de una amplia dolina rodeada de paredes más o menos verticales de caliza cubiertas de vegetación, una zona salvaje, solitaria, con un encanto peculiar, en la que sólo se puede oír el silencio, el murmullo del viento en las hojas, correr del agua que llega al abrevadero y el canto de los pájaros.
Este paraje a apenas 15 minutos de mi casa, era un lugar de aventuras, al que íbamos a jugar y a disfrutar de la naturaleza, y en el que, al final del verano, podíamos encontrar siempre unos ramilletes de la olorosa manzanilla, entre otras muchas plantas, en una verde pradería en la que pastaban y por la que transitaban los rebaños de vacas que se dirigían a calmar su sed hasta el abrevadero, y cuyo trasiego era el que garantizaba la presencia de la manzanilla en aquel rincón.
Antes de hablaros de las propiedades y curiosidades de esta pequeña planta aromática y medicinal, de las más medicinales de todas, permitidme que me detenga un poco en este paisaje de mis recuerdos de infancia, no por regodearme en la nostalgia, sino porque se lo quiero dedicar especialmente a mis vecinos, Cris y Rober, y a su niña Kenia, con los que hemos coincidido en uno de nuestros últimos paseos por el Juyo. Se lo quiero dedicar a ellos (y por extensión a todos los que sois padres jóvenes y entusiastas, para que podáis sembrar en la memoria de vuestros niños, recuerdos y aventuras, historias y leyendas que les hagan conocer primero, el lugar donde viven, y la importancia de las plantas y árboles que le habitan, para que luego puedan valorar y amar, y quién sabe, igual dediquen su vida y profesión a su cuidado y protección, para que en el paraje del Juyo vuelva a haber manzanillas, porque ya no hay manzanillas, no, y si las hubiera, tampoco se podrían recolectar, porque debido a nuestro afán esquilmador, la hemos puesto en peligro de extinción.
Pero las hubo, hubo manzanillas, y las veo de forma nítida y puedo sentir su aroma, y disfrutar de la sensación tan nítida de mi recuerdo, grabado en la edad que ahora tiene Kenia, y por si algún día puede volver a verse crecer allí manzanillas, quiero contaros algo de este lugar, algo más de este mágico lugar, en el que vivieron muchos pobladores, hace miles de años, los primeros vecinos del pueblo, cuyos restos arqueológicos localizados en la Cueva del Juyo nos han permitido conocer.
Los habitantes del Juyo hace más de 15000 años, soportaban un clima húmedo, más bien frío pero no riguroso, aunque no muy lejos, en las cumbres de los Picos de Europa las nieves estaban perpetuas. Se encontraban rodeados por bosques frondosos, praderías y ríos caudalosos, y ascendiendo al borde norte de la propia dolina, podían divisar, como hoy en día, en el horizonte, la línea azul del mar Cantábrico, que entonces se encontraba a un par de kilómetros más alejado que hoy, mar adentro, pero a la que se dirigían para recolectar moluscos, lapas, caracolillos, mejillones y crustáceos, que transportaban de regreso a su hogar en bolsas de cuero, donde incluso podía introducirse agua salada, que facilitara mejor la conservación de los individuos en estado vivo. También se sabe que pescaban debido al hallazgo de muchos restos de peces, más de 500 vértebras, y sobre todo la identificación, de hasta 45000 espinas de la familia de los salmónidos, salmones que sobre todo en primavera y provenientes del océano, comienzan a remontar el curso de los ríos, y que, en otras épocas, no coincidentes con los humanos, fueron la comida preferida de los osos que también frecuentaron esta cueva. Si, hubo grandes osos en el Juyo.
Prueba de su presencia, y de la utilización de la cueva como sus oseras, pueden verse en algunas galerías los impresionantes y profundos zarpazos que aquellos enormes osos dejaron sobre las paredes arcillosas.
Por las cercanías de la cueva merodeaban jabalíes, ciervos, corzos, grandes bóvidos como el bisonte y el uro, y manadas de caballos salvajes, peludos y de talla baja. En ocasiones habría cabras montesas, e incluso lobos, leopardos y leones, sobre todo de la especie ya extinguida conocida como el león de las cavernas, quizá también hienas, zorros, turones y erizos.
Quizá su principal actividad fuera la caza, pero también llevaban a la cueva para comer frambuesas, y otros frutos del bosque y desde luego bellotas y avellanas, han aparecido restos de muchas semillas, y con toda seguridad, tomaban manzanilla y otras plantas del campo para sus dolores y achaques.
De la abundante caza no sólo conseguían la carne para alimentarse sino también mucha materia prima para utensilios domésticos: utillajes y armas con sus huesos y cornamentas, cuyos restos han aparecido en la cueva; también usaban la piel con la que hacían sus vestidos, que debían de ser muy elaborados, a juzgar por las finas agujas de hueso encontradas que nada tienen que envidiar a las nuestras con su orificio para pasar el hilo de coser , y se han encontrado también adornos y colgantes de gran finura y calidad. Han aparecido colgantes perforados -hasta 70 ejemplares-, sobre todo dientes en su mayoría de ciervo, aunque existen también de caballo, corzo y cabra, y muchas conchas marinas intencionadamente perforadas. Les gustaba estar guapos¡¡¡

No me digáis que no podemos imaginar aventuras paseando por el Paraje Natural del Juyo y reconociendo su paisaje y su flora con nuestros niños¡

Pero la cueva del Juyo esconde muchos más secretos emocionantes¡
Han aparecido fragmentos de huesos decorados con figuras de ciervas, y con muchos otros grabados aún por descifrar. En concreto, apareció una perfecta CABEZA DE CIERVA grabada en un hueso, Es una obra de arte magnífica, la mejor de todas las encontradas en El Juyo, comparable con las ciervas grabadas del Castillo y Altamira.

Huesos y piezas de asta grabadas, que son abundantes -hasta 141 ejemplares-, sobre todo con decoración geométrica. Hay también piezas con grabados de carácter naturalista que representan principalmente ciervas, escápulas que aparecen con quemaduras y troceadas intencionadamente, y que quizá usaban como lo hacían los pueblos cazadores de la antigua China, turcos y mongoles de Siberia, quienes antes de salir de caza y para saber dónde se encontraba la manada, interrogaban a las escápulas del caribú aplicándoles tizones encendidos y rompiéndolas. Las grietas y roturas producidas sobre la escápula se interpretaban, tal y como si ésta fuera un mapa, como los lugares en que se hallaban entonces los renos o caribús, siguiendo una práctica de adivinación para predecir el futuro que se llama escapulimancia.
Nuestros vecinos del Juyo eran cazadores, mariscadores, pescadores, recolectores y artistas¡

También se ha encontrado en esta cueva otro objeto extraordinario: se trata de un fragmento de hueso de ciervo cortado en tres secciones muy cuidadas e idénticas en tamaño, igualitas a las que se han encontrado en ajuares de antiguos indios norteamericanos, y que parecen corresponder con fichas de juego, de las que usaban los indios Navajo y los Apaches. 3 fichas que caben en el hueco de la mano, para poder ser arrojadas sobre el suelo, que se hallaban juntas y bien colocadas en el Juyo, lo que hace suponer que se encontraban en una bolsa de cuero o estuche de madera no conservado lógicamente, y que, más que un juego de azar, parece ser que los podrían usar al igual que los indios usaban: para servir de dados para echar suertes, con fines adivinatorios del porvenir, lo que se llama astragalomancia.

Pero esto no es el único objeto extraordinario de esta cueva: también apareció una máscara: se trata de una roca, perfectamente destacada de todo el conjunto, presentaba claramente la apariencia de una cara semihumana, con relieves naturales de la pared que sugieren un rostro parcialmente completado por algunos rasgos pintados o grabados, tal y como sucede en las cuevas de Altamira y El Castillo, en la que se distinguen la figura de un rostro entre humano y felino, bastante bien diferenciado si se consideran por separado cada uno de los lados de la cara. Se la llamó la máscara del hombre-león.

Los arqueólogos Echegaray y Freeman, directores de las excavaciones asistieron a un momento mágico y único en relación a esta máscara, tal y como cuentan en la memoria de las excavaciones:  pudieron comprobar que al ponerse el sol en el solsticio de verano, y sólo durante unos instantes, los rayos que penetraban por la antigua entrada -descubierta entonces y actualmente taponada de nuevo por razones de seguridad- esos rayos de sol penetraban hasta el conjunto estructural e iluminaban claramente la máscara. 

La noticia del descubrimiento de esta máscara fue de tal importancia mundial que ocupó la primera página del New York Times, el 28 de noviembre de 1981 ya que, con ella, y con todos los restos encontrados, se definió a este lugar como el santuario paleolítico más antiguo del mundo.
Aparecieron a su alrededor restos de construcciones semisubterráneas, con rampas de acceso formadas por huesos fuertemente apisonados, y paredes de piedra, como no han aparecido en ningún otro lugar de la Europa occidental con edad similar. Se encontraron pozos donde enterraron distintos objetos valiosos, como azagayas y agujas perfectamente colocados junto con cenizas y trozos de ocre. Alternando estas “capas de ofrendas“, había otras capas de tierras procedentes del exterior del yacimiento: paleolíticos salieron al exterior y escogieron tierra de diversas tonalidades naturales, que allí existen de hecho. Esta tierra fue transportada al interior en pequeños recipientes cilíndricos, fabricados probablemente con la corteza flexible de algunos árboles.
Apareció también en el fondo de uno de esos montículos, los restos de una estera entretejida de ramitas de sauce, y junto a ella, se hallaron dos piezas singulares, que eran unos elementales instrumentos musicales, formadas sobre pequeños nódulos férricos que dejan una cavidad interior hueca, con una amplia boca hecha por pulimento en un extremo. Con ellos, insuflando a través de esa boca se producen sonidos al estilo de los de un pito. Y cada uno da una nota diferente.
Lo que nos demuestra que nuestros vecinos antepasados realizaban ceremonias de agradecimiento a sus dioses, y tenían una religiosidad vinculada al entorno natural que les acogía y les alimentaba.

No me digáis que, con todos estos restos arqueológicos, no hay materia para recrear un pasado que nos pertenece, y a partir de él, valorar mucho más si cabe el entorno natural que tantos milenios de historia atesora. ¿¿¿No merece la pena contar a nuestros niños estas historias, en un paseo por este entorno natural, y prestando atención, por ejemplo, a una rama de saúco, a una flor de un rosal silvestre, o a una minúscula manzanilla, si la hubiera, ya que con esas mismas plantas se alimentaban y curaban nuestros más antiguos antepasados???

Empecé este relato con la intención de hablaros de las manzanillas, habéis comprobado lo que nos gusta irnos por las ramas¡¡¡ pero lo prometido es deuda, así que, algo hablaremos de ellas¡¡¡
En realidad, cualquier mal era una excusa para tomarse una tacita de manzanilla: muchos la tomar después de comer para sentar el estómago, ante cualquier trastorno digestivo, la primera solución es la manzanilla. Si uno está estreñido, también vale para mover el intestino. Un dolor de cabeza también era motivo para animarse a tomar una tacita de manzanilla, que valía de igual forma ante afecciones de hígado o reglas dolorosas…para todo lo que supusiera molestia en la zona del vientre se solventaba en la medicina tradicional con una manzanilla, cuya infusión, fría es buena para tratar irritaciones oculares y conjuntivitis. También es común su uso como remedio para el dolor de oídos, incluso en los niños, o para lavar heridas, pues evita que se infecten y calma el dolor.
La manzanilla ha sido uno de los ingredientes de las recetas para hacer pacharán, con anís, orujo, canela, unos granos de café, garbanzos y manzanilla. Para aromatizar las colmenas y así atraer a los enjambres, se sobaban, según recoge Pardo de Santayana, con un jarabe hecho con agua, miel y manzanilla.
Tradicionalmente, se ha usado incluso como tranquilizante, y para aliviar el dolor producido por los gases, siendo muy conocida su infusión para aclarar o enrubiar el cabello, al que aporta hermosos tintes dorados. Incluso en algunas regiones de Italia se ha empleado para teñir de amarillo la lana.
Sin embargo, son otras muchas propiedades las que atesora esta planta medicinal y aromática, y más aún desconocidas lo son las de los aceites esenciales que se obtienen de su destilación en alambique, pero que os contaré en un próximo artículo.

Fuentes: