LA POESÍA DE NUESTRO LIQUIDAMBAR

Asistimos a la mayoría de edad del Liquidambar de nuestro jardín: por primera vez comienza su producción de semillas, este otoño cuando ha alcanzado cerca de sus veinte primeros añitos.

Sus frutos son esferas capsulares espinosas, globosas, con un ala membranosa en un extremo, que protegen en su interior multitud de semillas que lanzarán al viento al madurar, tras el otoño, una vez que el árbol se haya desprendido de todas sus hojas coloridas.

Si queréis conocer más acerca de este legendario árbol, ya hemos publicado este post en nuestro blog: https://azufactorianatural.com/2021/11/19/de-estoraques/, y hemos hablado en uno de nuestros programas de radio de El Jardín de la Salud, que pronto tendréis grabado en podcast en esta web.

Pero, ahora, sólo queremos celebrar su mayoría de edad embargados por la explosión colorida de su despedida y asistidos por la emoción poética de las palabras de Joaquín Araújo:

“las puertas del frío no están aún abiertas, pero las copas cuajadas de colores de los árboles son un pasaporte porque pronto volarán las hojas…el árbol se comporta como una mujer que se desvistiera de su mejor traje para mostrar su mejor luz. Además, como si un maestro de fotografía quisiera lucirse, las telas de colores que ahora son el dosel forestal actúan como filtros para que se dore levemente el aire.

Las clorofilas desandan su camino. El VERDE tan fundacional se desvanece lentamente para dar paso a los que abrirán camino a un incendio sin calor.

Las tonalidades corretean en busca de sus gamas más cálidas. Estas esquirlas del mismo sol son la última oportunidad del árbol para acumular alimento de cara al gran letargo invernal. El baile de disfraces del bosque es un aviso del inmediato despojarse. La caída de las hojas abate diariamente manadas de arco iris. Si el árbol nos da el único cadáver bello, la agonía de las hojas no puede ser más hermosa.

El estado terminal, la ancianidad anual del follaje resulta tan bello y alegre a los ojos que convierte a la melancolía en un juego, es lo que hace al otoño cargarse de esperanza, le hace tan habitable, tan cercano.

Estamos en el momento de la entrega que el árbol hace de sí mismo hacia el porvenir.

Es la luz que se pasa el día entero pintando para que nosotros la gocemos.

Es la estación de las miradas

Es el otoño desmayado bajo los árboles con sábanas de colores.

La hojarasca no deja de ser un rescoldo alumbrando las entrañas de la tierra. Y cuando ya es pasto de lo eternamente enterrado, sabremos que el sol ha llegado a donde nunca llega directamente.

¿Por qué tanto carmesí desparramado entre los últimos jirones del verde? Acaso la sangre de los árboles quiere ser en este momento como la nuestra…

El lento repliegue del árbol hacia sus catacumbas, más que una retirada, es una gloriosa caricia para todos los sentidos…en un desfile de creatividad, de arte, de generosidad…en el otoño pisamos tesoros, es la estación de los ojos que miran.

Su iluminación mejora tonos, volúmenes, contornos. Son tantas las mejoras para la mirada que a menudo se llega a pensar que sólo en las otoñadas deberían filmarse las películas, pintarse los cuadros, escribirse los poemas e interpretarse las sonatas. la luz se comporta como un barniz, un brillo finísimo que como una red pretende retener a duras penas las riadas de color.

Cuando se establece uno en medio del otoño, cabe añorar la pérdida de esa sabiduría tan lejana que situaba el comienzo del ciclo anual en estos momentos, ya que tiene más de arranque que de frenada esta música de la fertilidad espontánea.

Bajan pues las hojas coloridas a una tumba que pronto se convierte en su propia placenta. El suelo, donde ya descansan, es como una mano abierta y extendida…mucha de la dulzura posible en este mundo está impregnando esta renuncia anual de la arboleda a su vestido, y no menos esa bienvenida con la que besa la hoja en su lecho de muerte.

Lo que de uno mismo se deja funda porvenires.

Por eso, carece de sentido de la oportunidad, mirar al otoño como caída, como atardecer, como nostalgia. Tiene todo eso, pero mucho más, porque caer es la única forma de experimentar el placer de volver a erguirse.

Se pone en marcha el milagro continuo de la vida: esas hojas muertas comienzan a ser transformadas en alimento para las raíces del árbol en el que vivieron.

El suelo del bosque recluta inicios.

Desvistiéndose, el árbol se asegura el traje del próximo ciclo.

Las ramas se quitan a sí mismas, en otoño, en un acto de amor, su traje de hojas.»

Y en el mismo acto de amor, nos entrega su fruto, promesa de renovación.

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