Mañana millones de personas mirarán al cielo. Se desplazarán kilómetros, buscarán el lugar perfecto, prepararán cámaras, gafas especiales, teléfonos, prismáticos, horarios, mapas. Hablarán del eclipse, y será noticia mil veces republicada.
Durante unos minutos, una sombra extraordinaria cruzará nuestro planeta y conseguirá algo que pocas cosas consiguen hoy: detenernos y hacer que miremos juntos hacia arriba.
Y mientras pienso en todo esto, no puedo evitar hacerme una pregunta:
¿Por qué necesitamos que ocurra algo extraordinario para volver a mirar?
A veces siento que no soy de este planeta.
No entiendo cómo somos capaces de paralizar un país, movilizarnos, extasiarnos y maravillarnos ante un fenómeno astronómico excepcionalmente ocasional y, sin embargo, hemos perdido la capacidad del asombro para movilizarnos, extasiarnos y maravillarnos ante los constantes e infinitamente más frecuentes fenómenos extraordinarios que ocurren a nuestro alrededor a cada momento.
¿Quién se moviliza para contemplar extasiado el fenómeno extraordinario del amanecer, la salida o la puesta del Sol cada día, la aparición de la Luna cada anochecer, los cambios en sus fases, las conjunciones planetarias, el efecto de las mareas en la costa, la subida y bajada del mar?
¿Cuántos se movilizan para maravillarse ante una lluvia de estrellas en un cielo de verano, el crecimiento de las nubes de evolución tras una jornada de calor, la explosión de frescor de una tormenta o la caída suave de una lluvia?
Todo esto sucede todos los días y, sin embargo, casi nunca es noticia.
No necesitamos esperar a mañana para contemplar un fenómeno extraordinario. Vivimos inmersos en un sistema planetario extraordinario. La Tierra gira y orbita alrededor del Sol; la Luna gira a nuestro alrededor; el Sol nace y muere ante nuestros ojos cada día; las mareas suben y bajan; las estaciones transforman el paisaje; las nubes nacen, crecen y desaparecen; el agua cambia de estado y viaja entre océanos, atmósfera, montañas, ríos, bosques y suelos.
Y nosotros vivimos dentro de todo ello como si fuese lo normal. Hemos desacralizado el milagro.
Lo hemos relegado como decorado banal e invisible sobre el que transcurre nuestra vida: mientras nos distraemos con lo anecdótico, lo prescindible, dejamos que nuestra atención sea secuestrada, dirigida y controlada hacia el lado contrario a la vida. Lo esencial se vuelve invisible por cotidiano.
Nos hemos acostumbrado peligrosamente a mirar lo que reclama, no lo que merece nuestra mirada. Y ésta es una de las formas más dolorosas del eclipse en que vivimos: tener los ojos abiertos, pero haber olvidado dónde mirar.
¿Por qué no es noticia mundial el movimiento solar de los girasoles? ¿Por qué no nos moviliza el nacimiento de los erizos del castaño o la llegada de las golondrinas? ¿Por qué no nos detenemos ante el florecimiento, en febrero, de una magnolia sobre un árbol desnudo? ¿Por qué no nos parece extraordinario el mágico despertar de un helecho, esa espiral perfecta que se desenrolla lentamente hasta convertirse en una hoja? ¿Por qué no escuchamos con la misma atención la música relajante del arroyo refrescante en la umbría de un bosque de ribera? ¿Por qué no es noticia el nacimiento de una seta bajo la hojarasca, el vuelo de una libélula sobre el agua, la llegada de una mariposa o el canto de un pájaro un día cualquiera de cualquier estación?
Quizá porque nos hemos acostumbrado. Y acostumbrarse a la maravilla es una forma muy peligrosa de dejar de verla.
A veces siento que no soy de este planeta cuando nos encontramos solos contemplando la presencia imponente de castaños milenarios, la magia que sobrecoge en un bosque de gigantescos tejos, guardianes del tiempo; cuando contemplamos el vuelo de grandes rapaces desde una atalaya natural que nos paraliza el aliento; cuando entramos en la umbría de una selva de hayedo y asistimos a su explosión de colores y cantos; cuando el silencio casi religioso que imponen las secuoyas gigantes nos hace levantar la mirada hacia árboles que parecen tocar el cielo.
En esos momentos, participamos agradecidos de la fortuna de presenciar algo excepcional, único, milagroso: Porque estamos aquí. Porque este planeta está vivo. Porque el agua circula, el suelo respira, las plantas capturan la luz y construyen materia, y millones de organismos trabajan sin descanso para sostener las condiciones que hacen posible nuestra existencia. Porque podemos beber de un río, caminar bajo un árbol, respirar el aire de un bosque, escuchar el mar.
Porque, hasta donde sabemos, no hemos encontrado otro lugar en el universo que reproduzca esta extraordinaria combinación de condiciones que permite la vida tal y como la conocemos. Y aun así, actuamos muchas veces como si todo esto fuese infinito, como si estuviera garantizado, como si fuese reemplazable.
Mañana la Luna se interpondrá entre nosotros y el Sol. Durante unos instantes, la luz cambiará, el día se volverá extraño, el paisaje se transformará y la temperatura podrá descender. Los animales podrán modificar momentáneamente algunos de sus comportamientos, y millones de seres humanos levantarán la mirada para contemplarlo. El eclipse será real, extraordinario, hermoso y merece ser contemplado. Pero quizá podamos aprovechar su sombra para hacernos una pregunta:
¿Qué otras cosas estamos dejando de ver?
Porque existe otro eclipse. No ocurre una vez cada muchos años, no dura dos minutos ni atraviesa el cielo. Es mucho más silencioso y sucede todos los días. Es el eclipse de nuestra atención.
Vivimos rodeados de estímulos, noticias, publicidad, pantallas, mensajes, tendencias, urgencias y campañas que compiten constantemente por nuestra mirada. Algunas son necesarias, otras son legítimas y otras responden, sencillamente, a intereses que necesitan que miremos hacia un lugar determinado.
Mientras tanto, aquello que sostiene nuestra vida grita con un silencio atronador, pero no es noticia mundial, no convoca masas, no atrae medios de comunicación, no paraliza un país, una sociedad. Un bosque no hace una campaña para pedir que lo protejan. Un suelo agotado no tiene redes sociales. Un río contaminado no compra publicidad.
No vivimos en el eclipse permanente de nuestra atención?
Si fuéramos capaces de maravillarnos ante un bosque como nos maravillamos ante un eclipse, quizá nos dolería mucho más verlo arder. Si fuéramos capaces de contemplar un árbol como contemplamos una maravilla astronómica, quizá no aceptaríamos con tanta facilidad que desapareciera. Si volviéramos a escuchar un río como lo que realmente es —una expresión viva, única y milagrosa del planeta que habitamos—, quizá nos resultaría insoportable verlo convertido en una corriente de residuos.
Si fuéramos capaces de mirar una abeja, una mariposa, un pájaro o un pequeño insecto con la misma curiosidad con la que observamos una imagen llegada del espacio, quizá descubriríamos que aquello que apenas nos detenemos a mirar puede estar sosteniendo silenciosa y esencialmente nuestra propia vida.
Y si fuéramos capaces de comprender el suelo, el agua, los bosques, los microorganismos, los insectos y las plantas como partes de un mismo sistema del que nosotros también formamos parte, quizá dejaríamos de preguntarnos cuánto podemos extraer de la naturaleza y empezaríamos a preguntarnos qué podemos hacer para seguir perteneciendo a ella.
Mañana observaremos el eclipse maravillados, pero sin dejar de mirar a nuestro alrededor más próximo. Utilizaremos esos minutos de oscuridad para recordar que también nosotros podemos vivir eclipsados; que podemos tener los ojos abiertos y, sin embargo, no estar viendo; que podemos disponer de más información que ninguna generación anterior y, al mismo tiempo, estar cada vez más desconectados de aquello que verdaderamente sostiene nuestra vida.
Y vamos a pedirle algo al eclipse: No que nos deslumbre, no que nos entretenga, ni siquiera que nos emocione.
Que nos ayude a ver.
Que cuando la sombra se retire, nuestros ojos permanezcan verdadera y valientemente abiertos. Que volvamos a mirar el amanecer, la lluvia, el bosque, el mar, el árbol, la flor, el insecto, la montaña, el suelo, el agua, el cielo, la vida. Y que esa mirada no termine en admiración, sino que se convierta en conciencia. Y que la conciencia se convierta en acción.
Para que seamos capaces de movilizarnos ante la mínima agresión a tantos milagros que nos sostienen -y que no son noticia, ni convocan masas-: que no nos resulte indiferente un solo plástico abandonado en un río, en un bosque o en el mar, que seamos capaces de enfrentarnos al avance de un solo metro de desierto, que frenemos un incendio antes de que se convierta en una tragedia…
Que no esperemos, vencidos por el desánimo, la apatía o la comodidad a que el daño sea inmenso e irremediable para sentir que algo sagrado ha sido tocado. Que cuestionemos cada contaminante innecesario. Que pensemos antes de llenar de pesticidas un campo. Que nos preguntemos qué estamos haciendo con el suelo que alimentará a quienes vengan después.
Ojalá el eclipse nos recupere la capacidad de ver lo esencial: que la luz siempre estuvo ahí. Éramos nosotros quienes habíamos dejado de verla.
Mañana la Luna ocultará el Sol durante unos instantes. Después, la luz regresará.
Ojalá nosotros también.