TOMATE DE ÁRBOL

Nuestro encuentro con el “Tamarillo el breve” como graciosamente llama nuestro amigo Vladimir a este arbusto, ha sido, también como le ocurrió a él, en Cantabria. Teníamos la sorpresa esperándonos en el jardín de unos amigos -en la zona costera oriental-, donde había nacido en medio de la pila del compost, a partir de unas semillas abandonadas después de haberse comido sus frutos.

Es un pequeño tesoro tropical que, por esto del cambio climático, se va a adaptar a nuestro entorno y lo podremos cultivar en nuestras huertas y jardines, ya que le gusta la humedad y la placidez térmica sin grandes sobresaltos -creo que incluso, le gusta más el fresquito que el calor abusivo-. Incluso creo que nos podrá dar quizá, más alegrías que el empecinado cultivo de los tomates, que no están habituados a tanta humedad como tenemos, y las cosechas dan más disgustos que alegrías.

Aunque procede de la vertiente oriental de los Andes, fue Nueva Zelanda quien lo incorporó al mercado de las frutas desde donde se extendió y hoy en día se producen no sólo en Nueva Zelanda y Sudáfrica, sino en casi todo el continente sudamericano, además de otros muchos países.

Por cierto, parece ser que fue allí en Nueva Zelanda donde le bautizaron como tamarillo, aunque se le conoce también como tomatillo, tomate andino, tomate de yuca, mango nórdico, chilto o sachatomate.

Dice Vladimir que su sabor podría situarse en una mezcla de tomate y maracuyá, aún estamos esperando a la completa maduración de los frutos que nos trajimos, así que ardo esperando a hincarles el diente, abrirlos y descubrir esa capa gelatinosa de aroma agradable, y sabor ligeramente dulce de contrastes con chispas ácidas y un punto salado, que envuelve a sus semillas. De hecho, se aconseja por su sabor exótico a quienes no les gusta la fruta demasiado dulce.

El tomate de árbol, pertenece a la especie Solanum betácea de la misma familia de las patatas o berenjenas, y al subgénero Cyphomandra, por lo que otro de sus nombres comunes ha sido el de cifomandra.

Pese a la novedad relativa de la extensión de sus cultivos, se cree que puede ser una fruta de gran potencial como alimento saludable, tanto por sus propiedades nutricionales y medicinales, como por la enorme producción que puede alcanzar este arbolillo, que sin llegar a superar los 4 metros puede alcanzar hasta los 20 Kg. de fruta por cosecha anual.

Sus polifenoles, carotenos, antocianinas, vitaminas y minerales le confieren propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, pudiendo destacar en su capacidad protectora cardiovascular, y en la prevención de enfermedades crónicas. En sus países de origen, donde ha sido nutricionalmente más estudiado, se recomienda sobre todo para reducir el colesterol y bajar la tensión arterial, así como para combatir la gripe.

En la medicina tradicional andina, el fruto o las hojas previamente calentadas, se aplican durante la inflamación de amígdalas o anginas.

Como buena fruta saludable que es, su cóctel vitamínico va a estimular la síntesis de colágeno y a ayudar a mantener la integridad de mucosas y piel.

Aunque su apariencia nos puede engañar por su parecido a un tomate pequeño, en realidad no es un tomate, y aunque puede usarse en platos principales, forma parte de postres y condimentos en gran medida.

Se puede comer tanto la pulpa como las semillas, siendo preferible separar su piel por su amargor.

Lo más sencillo, cómodo y nutritivo es tomarlo solo, fresco y bien maduro, sin ningún tipo de preparación. Se parte por la mitad y armados con una cuchara, comer la pulpa evitando su piel.

Esa pulpa puede formar parte de batidos o zumos de fruta, con otras frutas como plátanos, fresas o naranjas, incluso con leches o yogures.

Sirve para hacer mermeladas -de hecho, yo lo probé ayer mezclando un yogur de cabra con su mermelada deliciosa-, gelatinas o salsas, aunque recordad que al cocer, algunas vitaminas como la vitamina C llegan a desaparecer.

Ya que conviene más en fresco, es perfecto para añadir en ensaladas, tostadas o macedonias de frutas.

No hemos probado, pero creo que debe resultar exquisito combinado en una ensalada con hojas verdes, rúculas, nueces y quesos, por ejemplo. O con cebolla, pimiento, tomates y aguacate.

En la cocina peruana, de donde procede, es un clásico el pollo al tamarillo, cocinado en una salsa con especias, así como la ensalada de quinoa con tamarillo, aguacate y cilantro, opción más refrescante y ligera para días de calor. Aunque el toque agridulce y exótico me imagino que le acompañe excelentemente a cualquier plato¡¡

Y por qué no¡ será cosa de preparar una exótica salsa de tamarillo, imitando a nuestra salsa de tomate, pero celebrando la variedad culinaria con una pizca de jengibre fresco y canela molida, y para quien guste el sabor más picante, con un poquito de chile o guindilla seca.

Y su acidez quizá equilibre en postres, con el chocolate o el coco, será cosa de probar.

Ya tenemos madurando al temperatura ambiente, los frutos rojos que nos trajimos del jardín de nuestros amigos, para probarlos y conservar sus semillas para futuras plantaciones, aunque bien podría multiplicarse a partir de esquejes, dejando que enraícen sus brotes cortados.

Recurrimos a los consejos de nuevo de nuestro amigo Vladimir Rivero Sanz, quien nos avisa que tiene una vida útil relativamente corta: en buenas condiciones podría llegar hasta los 12 años, dando frutos desde el segundo año y alcanzando a los 4 años su máxima capacidad de producción, así que será cosa de empezar a conseguir una bonita producción, aprovechando nuestro clima templado.

Puede crecer desde el nivel del mar, como en Nueva Zelanda, hasta más de los 2.000 metros de altitud como en Ecuador o los Andes, así que puede tener un largo recorrido.

En los primeros años, habrá que protegerlo, de las posibles heladas, y agradecerá suelos bien abonados, con abundante materia orgánica y bien drenados. Tendremos que protegerlo también de los vientos de gran intensidad y las sequías…deseando tenerle ya en nuestro Jardín Aromático¡¡

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